Pero no bromeo. La cosa iba más o menos bien por ese camino; iba más o menos bien hasta que Doña fea decidió colocar su enorme trasero estampado con una gran variedad de granos sobre el rostro de Fernando. Durante el beso, una bola viscosa y aterciopelada, no muy grande, del tamaño de un riquísimo fresón, pasó de una boca a la otra. Una mujer de cara ovalada, boca pequeña, barbilla muy pequeña y ojos aún más pequeños le abrió la puerta. Sandra cerró la puerta por dentro con el pestillo —algo que se olvidó de hacer Fernando—, mientras su hermana metía la cabeza entre las cortinas con la intención de ver la polla del Señor Mas. —No. |