Luego siguió a la tracia. ―Sí amo. La Casa de las Recluidas, que nombre tan extraño, pensó la joven arquera. Aari se sonrió mostrándome esos hoyuelos tan agradables de mirar y que tanto me gustaban porque me recordaban a mi amado hermano y después de menear la cabeza me dijo:―Ninguna de ellas vale la mitad que tú, ama, pero tanto ellas como tú debéis superar la estancia aquí. Incluso Sheritra sentía por Bakmut un afecto y un cariño especial, sólo que mi hermana reunía todas las características de las mujeres de la nobleza que las hacía parecer crueles: nada podía interponerse en sus deseos y caprichos. —Simut, puede saberse porqué no has terminado de limpiar mis botas? Voy a hacer tarde por tu culpa. |