Miré a mi alrededor y los vi a todos expectantes, babeando con mis posaderas. Llevaba un portafolios con mi currículum y algunas hojas con anotaciones de otras empresas que me puse a ojear para matar el tiempo, aunque pronto lo dejé para examinar los catálogos de la mesita baja que había en esa especie de sala de espera. Se acercó a su puesto mientras comprobaba algo en su ordenador sin sentarse (el disponía de una mesa de trabajo repleta de papeles esparcidos). Total, cuando volví a mi posición, vi que su mirada pasaba de mis pezones a mi entrepierna (ahora sí, ya húmeda) y yo no hice nada por cubrirme explicando todavía sobre mi dibujo. Tenía un par de sillas ante su mesa, así que tomé asiento y cruce las piernas mientras hacía que ojeaba mis papeles y, en realidad, aguardaba su reacción mientras por el rabillo del ojo le veía explorar mis piernas. Yo acepté encantada, y ellos me dieron facilidades para arreglar los papeles y obtener la residencia permanente (me hicieron contrato fijo con seis meses de prueba). |