Me acerqué a un sillón y me senté, entrelacé los dedos de las manos y por primera vez desde que entramos en la habitación la miré. No, ahora no, quiero que lo hagas tú, mete tus manos y dime como están. La única condición que me ha pedido es que por la mañana te vayas pronto para poder hablar conmigo. La seguí mirando a los ojos, desviándolos sutilmente para tener una imagen completa. ¡Ahhhh, sí! Así me gusta que los tengas para cuando los quiera acariciar. Entre que la excitación no se había disuelto lo más mínimo, los nervios y las dudas estaba que explotaba mentalmente. |