Sin secarme, estreché la mano de la señora y me preparé para la última despedida. Eres un cabrón. Nuestra amistad trascendental y penetrante quedaba rotundamente rubricada, pero la distancia se interponía pocos pasos adelante, inciertamente amenazadora. ¿Qué tiene de malo?Nada, jefe. Allí estaba él, petrificado, mirando al suelo. Cuando nos separamos, los besos y las caricias mantuvieron encendida la llama del cariño, pero ambos teníamos un pensamiento compartido, a pesar de la sutileza de nuestro enamoramiento. |