Ya sé estar con un tía así me costaría un huevo; hablo suponiendo que me tocaran las quinielas y tuviera pelas por un tubo. Ostentaba unas caderas tan curvadas que su visión hubiera causado un repentino infarto de miocardio a un bailarín de danza clásica y unas piernas que, sin bien no eran tan musculosas como las de mi adorada culturista, estaban francamente bien torneadas. Lo único que me alegraba de las miradas acusadoras de la gente era el hecho de que volvía a ser visible. La pelandusca —víctima del mal de ojo— estaba agotada y tal vez resentida después de la lavativa láctea, y no hizo ademán de levantarse para satisfacer las apetencias de otro cliente. —. Vagabundeé por las calles. |