Aún era de noche. Él giró sus dedos en dibujos redondos a veces y a veces rectos. Me giré elevándome sobre los reposacabezas para otear nuestros vecinos de atrás. El roce perfecto que enervó mis sueños y mojó mis ganas. ¡Qué delicioso el paseo de sus dedos hasta alcanzar mi entrepierna!¡Qué increíble el placer de su excursión sobre el encaje negro y mojado!Cuando por fin le invadió el valor y su mano apartó la falda para reconocerme en el vientre y bucear bajo las telas caladas, creí desmayar con la respiración entrecortada. Se mostraba más resuelto oculto tras el anonimato. |