Yo, casi mecánicamente y desde luego sin pensar lo que hacía, le metí mano, pero a partir de ese momento las cosas se enredaron. Estaban puntiagudos y enmarcados dentro de una aureola tostada que hacia resaltar su color rosadito. Lo encontré como suponía, húmedo, caliente, receptivo. Mientras se corría toda un retahíla de insultos salían de su garganta: cabrón, hijo puta, pervertido, degenerado, como jodes cabrón, que hijo puta eres, la de incestos que vas a chuparte cabrón. Sus comentarios fueron al inicio tímidos pero muy osados, pronto se hicieron frecuentes e igual de atrevidos. Quizás ese día mi madre ya estaba alterada, quizás se alteró cuando le sobé el chochito, quizás sencillamente se dejó llevar por el momento, la oportunidad, la situación tan propicia o vaya usted a saber si lo que le ocurría a mamá en ese momento es que sencillamente tenía ganas de joder, el caso es que hizo un comentario de lo más provocativo:Si no fueras mi hijo te iba a echar un polvo que te ibas a cagar. |