Julia, que se había incorporado debía de estar sumamente perpleja a causa de los fenómenos paranormales de los que estaba siendo testigo, porque ni gritó, ni hizo ademán de ponerse en pie, ni dio una respuesta convincente a su esposo. Un individuo regordete, calvo, de mirada jovial con aspecto de ser el anfitrión de la fiesta, que conversaba con alguien a través de un teléfono móvil, acaparó toda mi atención. Enfrente de él una adolescente de engañoso rostro angelical, con apenas una pelusa de vello en el pubis, que dejaba entrever una ranura que no me pareció muy practicable, agarró obedientemente la viril prolongación como si fuera la manga de un bombero en plena faena y trató de enderezarla metiéndosela en la boca. La maciza concubina, por su parte, parecía estar hiperventilándose con objeto de zambullirse en una piscina y aguantar un rato sumergida. Os invito a que no os conforméis con un polvo convencional con la primera chica que pilléis. Abandonando mis reprobables quehaceres, me fijé de reojo en que a casi ninguno de los pasajeros más próximos les había pasado desapercibida la extravagante escena. |