El mutuo olor nos envolvía. Lentamente, fuimos una contra otra, hasta quedar pegadas como ventosas, apretándonos las tetas como para reventarlas. Me quedó de recuerdo su tanguita blanca. Entonces se tocaron los labios, muy suavemente, luego un poco más y luego fue el turno de trabarnos en un tímido duelo de lenguas, para terminar, quien sabe cuando, chupándonos boca a boca con desesperada furia, hasta que acabamos por ir al suelo donde nos revolcamos salvajemente, mordiendo, besando, tironeando y acariciando. Ella me miró a la entrepierna y no tardé en quitarme calzas, trusa, medias y zapatillas. Quería domarla a goce puro, tomármela toda y hacerla estallar de placer. |