Soltaste entonces el primer gemido de la tarde. Estabas verdaderamente hermosa pellizcándote el pezón con una mano y acariciándote bajo la braga con la otra, así que me acerqué a ti, llevando mi boca a tu pezón libre y mis manos a tu cintura. La depresión de tu espalda antes de reventar en la soberbia grupa, los pechos como suaves globos, todo en ti era firme y curvilíneo. Noté tu retraimiento y en lugar de entrar, deslicé mi miembro entre los empapados labios vaginales, dándonos a ambos un masaje gratamente placentero. Me encantas. No debería, pensé por última vez, al recorrer tu, tus curvas piel, las curvas de ese cuerpo apenas entrevisto durante los instantes que encendió el candil. |