Corría el razonable riesgo de que fuera una lesbiana y me repeliera, pero mi apéndice eréctil me exigía el indeclinable alivio que le permitiría un coito. Opté por no interrumpirles y proseguí mi itinerante paseo por la mansión. También podría dedicar mi tiempo a enriquecerme cometiendo diversos golpes en las joyerías más distinguidas de la ciudad. Hecha la prueba comprobé que su piel tenía un regusto tirando a salado. Aunque también me fascinó sobremanera el inabarcable culo de la joven, un culo trapezoidal y protuberante pero nada adiposo, que sólo una patinadora veterana puede conseguir a base de ejercitarse con tesón. Me acerqué a una parada de autobús en la que una joven de pelo teñido de rubio y peinado en rastas, que vestía unos ajustados vaqueros azul claro y un top blanco con el que exhibía el ombligo y una porción de su espalda, aguardaba a la llegada del medio de transporte. |