A ella parecía satisfacerle tanto como a mí aquella tempestuosa fantasía, pues gemía suavemente a cada momento y se mostraba muy receptiva. Uno de los componentes estaba obligado a sumergirse por completo en el agua, lo que le forzaba a aguantar la respiración. Preparado para retirarme, giré de golpe el grifo del agua fría, de modo que de la alcachofa del techo brotó una lluvia de agua a toda presión sobre el trío. Daba la impresión de estar inflándolo a través del conducto deferente. —Apenas tardé un segundo en percatarme de que mi interlocutor se refería a la mencionada Susana—. Afuera, Carlos se impacientaba, alentado quizá por la posibilidad de que un vecino descarado pudiera estar poniéndole los cuernos delante de sus propias narices. |