Nuri apartó entonces el rostro del cuello de su amiga y me miró sonriente, pero no dijo ni pío. Comprendí entonces sus intenciones y me regocijé interiormente. En mi mente, podía sentir la mirada de la chica clavada en mi espalda, al acecho, esperando que su presa cayera en la tentación de volver a espiarlas para montarle un cristo de cojones. Durante un instante, consideré la posibilidad de desclavarla y terminar con Natalia, pero me quedaba muy poco para alcanzar el clímax, así que redoblé mis esfuerzos sobre su caliente chochito, seguro de acabar de un instante a otro. No me negarán que me merezco una medalla por aguantar tanto tiempo aquel tratamiento de dos diosas. Tremendamente obedientes (no sé de qué coño se quejaban sus padres) las dos chicas se deslizaron hasta el suelo, quedando cada una a un lados de mí, arrodilladas en el suelo. |