No tenemos esclavas. ―Borra esa estúpida sonrisa de tu cara, no me mires a los ojos cuando me hables y póstrate y bésame lo pies como es tu obligación – le dije con sequedad aquella mañana cuando me recibió en los jardines donde solíamos reunirnos para comenzar las clases. Yo lo trataba con mucha familiaridad y generosidad porque me caía bien, porque me gustaba y porque me abrumaba su conocimiento y su personalidad pero ese día lo obligué a mostrarse ante mí con el respeto que me debía. Subimos dos pisos. Thui la siguió y salió fuera. Seguían donde los había dejado la joven. |