Me pareció interesante. Me confesé ante su mirada penetrante que parecía concentrarse en esas rosadas manzanitas que se habían incrustado en mi rostro. Sólo se escuchaba el chasquido de sus dedos empapados, ese ruido tan característico cuándo la vulva está completamente extasiada y dilatada. Su corazón sobre mi pecho golpeada cada vez con mayor intensidad. Me llevó a un restaurante muy bonito, de los mejores que hay en la ciudad. En un acto de caballerosidad aduce: ¿Qué menos podría hacer ante una damisela?¡Ahí la que sonrió fui yo! Bastó con mi sonrisa para darse cuenta que me había agradado su halago. |