Mis dedos seguían temblorosos cuando apliqué la primera descarga de nata fría sobre ese precioso coño depilado. Aún les dura la resaca, acumulada noche tras noche de farra –si no, es inexplicable tanta incompetencia, con lo salidos que andan los indígenas y cuesta un huevo hacer que se corran y dejen de dar la lata. Sólo quedaba abordar la espinosa cuestión de los honorarios. Para disipar temores, me comió a besos, terminó su aseo personal y se largó más contenta que unas castañuelas. Lo mejor es recurrir al: “¿Te acerco a algún sitio?” y dejar que te meta mano en cuanto se sube al coche, siempre aparcado en el rincón más oscuro del parking subterráneo. Cuando se montó encima, y siguió preguntando, ya no me acuerdo lo que dije. |