O eso entendí, cuando echó mano a la cartera y sacó otros dos billetes morados. Antes de que Ekaterina le contestase, muy educadamente a su estilo, para arrancarle el moño, decidí intervenir para evitarle líos con el jefe, que ya la tiene más que advertida al respecto. Mis dedos seguían temblorosos cuando apliqué la primera descarga de nata fría sobre ese precioso coño depilado. Por partes… tranquilidad, que no cunda el pánico. Pero lo que yo quería, antes de nada, era pasar al baño y echar una buena meada –tenía la vejiga a reventar, darme una ducha –para espantar el olor a tigre y dejar la punta del nabo reluciente para la faena. También lo digo, porque asomaba entre las cortinas de la bañera y el tufillo, sin lugar a dudas, procedía justo de ahí. |