La maniobra consistió en aplicarle mi golosa lengua a una de sus esparcidas mamas de un tono caoba, con el fin de comprobar si sabía a chocolate, o tal vez a cacao amargo. Daba la sensación de que el tipo estaba quitando el envoltorio de un regalo navideño. No me quedé a comprobar si podían reanudar el instintivo frotamiento, pero una serie de improperios que prefiero no reproducir para no herir la sensibilidad del lector, me hicieron saber que, al menos, uno de los empalmes habían quedado cabizbajo. Sin embargo, me hago cargo de lo complicado que tiene que resultar para estas mujeres satisfacer sus necesidades sexuales. Ostentaba unas caderas tan curvadas que su visión hubiera causado un repentino infarto de miocardio a un bailarín de danza clásica y unas piernas que, sin bien no eran tan musculosas como las de mi adorada culturista, estaban francamente bien torneadas. El Jose ya se ha estrenado con su vecina, que le saca tres años, pero yo todavía estoy a dos velas. |