Yo ya le había chequeado la agenda, sabiendo que sus citas empezaban a las once, así que le dejé comprobar su mail y hacer alguna llamada y a las diez le interrumpí. Me llevó a su despacho, un despacho acristalado pero con vidrio ahumado que respetaba su intimidad. Bueno, por supuesto, también me hicieron un montón de proposiciones deshonestas (y eso que procuraba ir siempre vestida muy recatada), pero a eso ya estoy acostumbrada. Recorrí con la mirada la oficina, parándome en cada uno de ellos, con una sonrisa desafiante en la boca, una sonrisa de viciosa, y desfilé de nuevo hacia mi puesto, mientras oía, detrás de mí, cómo Juan se levantaba (supongo que con la carpeta) y se dirigía hacia los aseos de esa parte de la oficina. Yo cruzaba las piernas y dejaba que la minifalda se subiera algo más de lo normal (no podía evitarlo, era de vueltas y al cruzar las piernas mostraba completamente mis muslos) y veía cómo el trataba de no mirarme a los pechos ni los muslos, pero el evitarlo lo hacía todavía más gracioso y deseable ;). Pero yo realicé las tareas eficientemente y desconecté. |