Helena al verlo pensó que si estaba acostumbrada a manejar el de su marido, que era una tabla, fácil dominaría el de mi esposo que no tenía la misma longitud. Inclusive a mí me hubiese gustado tocarlos. El interés de Alberto en estos quedó claro desde un comienzo, y las miradas esporádicas de ocho a nueve y media pasaron a descarados exámenes de once de la noche en adelante. Yo me vine solo con el güevo de Carlos, que los pocos minutos se corrió. ¿Eso era lo que querías? ¿Que tu esposito te viera como te cogían como una zorrita? ¿Ah?Debo admitir —con vergüenza, de verdad que si se me pone la cara roja de pena con los que lean estas líneas—, que en ese momento, mientras me hablaba como ni siquiera se le habla a una prostituta, el flujo me bajaba por las piernas a chorros. Llevaba un sencillo vestido sin mangas que dejaba al descubierto unos brazos fuertes y unos hombros torneados. |