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| Mini relato: Cerca de la hora de cierre, estaba atendiendo a un gordote hermoso que bailoteaba sus tetas inocentemente delante de mis narices en el probador una y otra vez, mientras se ponía y sacaba por lo menos cinco camisas para poder escoger cuál de ellas era más de su agrado. Cuando finalmente se decidió, salí del probador mientras se terminaba de vestir y vi a Juan que estaba esperándome desde hacía unos pocos minutos en el salón de ventas. "Veo que este trabajo te debe ser muy gratificante." Comentó señalándome la entrepierna con los ojos mientras esbozaba una sonrisa, y por suerte fue el único que notó el terrible bulto que llevaba en mis pantalones de camino al mostrador. "Y... Son gajes del oficio." Contesté devolviéndole la expresión, pero sin dejar de ruborizarme, ya que por primera vez me vi sorprendido en este acto inocente, aunque reconozco que mucho más reiterado de lo que yo mismo a veces lo deseaba. El gordo abonó la camisa con su tarjeta de crédito y cuando se iba retirando de la tienda, Juan me descubrió sacar la puntita de la lengua mientras admiraba aquel trasero que se bamboleaba de derecha a izquierda por dentro de esos pantalones ajustados. "Tú no tienes vergüenza, verdad?" Preguntó mi amigo. "Y encima te pagan por este trabajo?" Ambos reímos a carcajadas. Me informó que había pasado a buscarme por la tienda ya que necesitaba comprarse ropa interior. "Quieres pasar al probador así te ayudo a probártelos?" Le pregunté con una sonrisa maliciosa y tras de asegurarme de que nadie estaba cerca como para escuchar nuestra conversación. "No." Dijo devolviéndome la sonrisa. "Esperaré a que cierres el local, me acompañas y me ayudas a probármelos en el departamento. Te parece bien?" Tras abandonar la tienda, llegamos a su domicilio en un santiamén, y apenas cerramos la puerta de entrada que separaba su hogar del pasillo del edificio, comenzamos una orgía de a dos como para el recuerdo. Manoseos irrespetuosos, pero nunca tan bien recibidos; besos y caricias, gentiles y salvajes, y hasta alguna mordida que se coló en la demostración de lujuria más grande en la que haya intervenido jamás. Nos revolcamos por el piso. Franeleamos con brazos, piernas y rodillas, no dejando ningún espacio sin recorrer ni explorar, sosteniendo los genitales del otro con nuestras respectivas manos; y para que quedara bien en claro a quién pertenecían, y sin soltarlos en ningún momento ambos exclamábamos casi al unísono: "Esto es mío!" |